Dicen por ahí que hay un momento para hacer y un momento para dejar que las cosas sean.

En un mundo en el que el vivir atareado se ha convertido en hábito y el “no hacer”, en culpa, es difícil a veces entender que lo mejor que podemos hacer es precisamente no hacer.

No hacer no se trata de sentarse a mirar la vida de brazos cruzados, con un aire de desgano y sentimiento de insatisfacción. 

Tampoco el no hacer tendría porqué convertirse en letargo ni mucho menos en holgazanería. 

El no hacer, como mágica quietud, puede ser la decisión más sabia y el acto más amoroso que podemos darle al mundo y a nosotros mismos.

A veces tenemos un concepto un poco distorsionado del no hacer.

¿Cuántas veces hemos juzgado no haber tenido un día muy productivo y decimos “Hoy no hice nada. Estuve todo el día mirando televisión?”. 

Esto suele venir acompañado con un sentido de culpa y una sensación que solemos traducir como “me faltó algo''. 

Pero aquí hay dos cosas importantes. La primera es que sí hiciste: miraste televisión. 

Lo que no hiciste es cumplir con un mandato autoimpuesto de trabajar para ser productivo - de ahí que surja en muchos casos la culpa -. 

Sin embargo, aquí no estamos hablando de no hacer algo para hacer otra cosa (no trabajar para ver televisión). 

En las pausas de no hacer no hay actividades ociosas, no hay debería hacer tal cosa, no hay descanso, ni momentos de conversación. 

En el no hacer no hay nada excepto un único y real acontecimiento: el silencio actuante

Sólo en la quietud de la mente y en la calma de las emociones...

en el cese de todo cumplimiento y de toda obligación...

lo único que realmente importa es Ser lo que siempre somos y difundir amor.

¡Escribe en los comentarios si lo deseas! Siempre es un placer leerte 🙂

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